Nuevo México: La historia de Chris, un joven de clase media expulsado del sistema
Chris Hicks es de clase acomodada, pero le cuesta adaptarse a la sociedad de EE.UU.
Chris Hicks no encuentra su lugar en el mundo. En realidad, parece tener muchos y ninguno a la vez. La calle, las rutas, su perra, la guitarra, las drogas, su continua pelea con la Policía. Es como un Jack Kerouac buscando su destino, experimentando, sufriendo, divirtiéndose, deambulando sin brújula por los caminos de Estados Unidos.

Jack Kerouac
Chris es uno de los tantos en este país que se ha caído del sistema. Por la crisis, por decisión propia o, quizá, por las dos cosas. Tiene 22 años y una piel tan ajada por el sol que no extrañaría si su DNI acusara treinta o más. Rubio, ojos celestes, barba rala, gorro y chaqueta camouflage, toca la guitarra sentado en la vereda de un café de Santa Fe, la elegante capital de Nuevo México.
"Apenas pude graduarme en el secundario", murmura. "Pero hice dos carreras por Internet", agrega, y ni siquiera él se lo cree demasiado.
El muchacho nació en Columbia, Carolina del Sur, y es hijo de un ejecutivo de una empresa de tecnología y de una veterinaria de caballos. Clase media acomodada, describe. Pero su vida cayó por un tobogán cuando comenzó a buscar trabajo, ya hace unos años, incluso cuando la crisis no era ten severa. "No tengo problemas en trabajar, pero no es fácil conseguir empleo". Buscó, buscó y nada salió, dice.
Tuvo problemas con la Policía. Cuenta que un amigo le pidió su documento para comprar una playstation, que resultó ser robada. Y que entonces un patrullero lo fue a buscar a su casa. "Cuando vino el oficial, lo enfrenté", relata. Marchó preso con cargos de resistencia a la autoridad.
Ahora le resulta cada vez más difícil encontrar trabajo. Con antecedentes policiales, peor. "La economía está mal. Michigan, por ejemplo, está horrible. No hay trabajo. Estuve buscando empleo allí pero no pude." 'De qué? "Cualquier cosa, construcción, comidas rápidas... nada." "Y entonces me vine para Nuevo México."
Dice que ahora vive de lo que le gusta. Recorre sin rumbo el país de punta a punta. Va adonde pinte. Como el emblema de la generación beat, Jack Kerouac, que narró su propia experiencia de viajes enloquecidos a fines de los 50 a bordo de Cadillacs prestados o Dodges desvencijados por un EE.UU. subterráneo, bizarro, lejos del establishment, en su mítica novela En el camino.
Chris no viaja en coche sino en tren, con un grupo de amigos músicos. Ahora junta monedas y algunos billetes en una gorra de béisbol a la vera de un café Starbucks en la calle principal de esta ciudad. Toca música country y su perra Roxy, con un pañuelo al cuello y una especie de mochila en el lomo, lo acompaña sigilosa. Cuando habla, el muchacho se refriega a cada rato la nariz. Parece desconectado. En el piso, un vaso de plástico y un atado de cigarrillos. Más allá, un cartón escrito con marcador negro suplica: "Se viene el invierno, necesito equipo (ropa, carpa). Cualquier cosa ayuda."
Chris duerme en una carpa en la montaña y por las tardes baja a tocar a la ciudad. "Recaudo más que otros porque tengo un perro, a la gente le gusta", dice. Enseguida cuenta que hace unos días tuvo su momento de gloria, cuando juntó unos 200 dólares en tres horas y pudo comprarse un pantalón, una remera y una carpa. El guitarrista quiere dejar bien en claro que viven en la calle pero no son "drogadictos como otros sin techo" . El grupo ahora planea ir a Portland, en Oregon.
'Obama o McCain? Chris sonríe y se ve que la política no es su tema favorito. "Miro a los políticos y me fastidio, porque dicen muchas cosas, pero favorecen a los suyos. Nunca voté en mi vida y probablemente nunca lo haga", reflexiona. Pero agrega: "McCain puede ser otro Bush y Barack Obama, honestamente, puede ser asesinado o algo así. Yo no soy racista ni nada parecido pero esto es Estados Unidos, y yo vengo de un lugar horrible, como Carolina del Sur, que está lleno de gente del Ku Klux Klan, que no le gusta nada Obama."
La conversación se interrumpe abruptamente. Llegan dos patrulleros y un policía exige a Chris que abandone el lugar. Dice que para tocar en la vereda se necesita un permiso especial que él, claro, no tiene. El joven se levanta y el oficial vislumbra algo en el bolsillo del pantalón. Es un cuchillo. Se lo pide, lo examina y se lo devuelve. Chris protesta en voz baja, pero se va. Mastica su bronca. Siente que no encaja.
Por: Por Paula Lugones y María Arce, enviadas especiales a Nuevo México.
fuente: http://www.clarin.com/diario/2008/10/28/um/m-01790692.htm
Mas info: http://www.lector.net/phyfeb00/kerouac3.htm